martes, 16 de abril de 2019

“HELLBOY”

Las cintas sobre superhéroes se sostienen principalmente por la riqueza del personaje y por la interpretación del actor que lo encarne; sobre todo cuando ya se han realizado varias cintas acerca de dicho ídolo.

Esta premisa es totalmente válida para “Hellboy” (2019), cinta dirigida por el cineasta británico Neil Marshall, basada en el superhéroe del mismo nombre, que fue creado en 1993 por Mike Mignola, para la editorial de comics Dark Horse; y que ya había tenido dos películas: “Hellboy” (2004) y “Hellboy 2” (2008), ambas dirigidas por Guillermo del Toro y protagonizadas por Ron Perlman.

En esta versión hay cambio de director y del actor estelar. Marshall, de 48 años, había dirigido anteriormente cuatro largometrajes: “Dog Soldiers” (2002), “The Descent” (2005), “Dooms Day” (2008) y “Centurión” (2010), desconocidas en la región de Valparaíso. Respecto de Hellboy es interpretado por David Harbour, el cual le da un giro al personaje, definitivamente hacia el humor negro, uno de las características interesantes del sardónico Hellboy.

La verdad es que más que un superhéroe Hellboy es un antihéroe. Se supone que es un demonio que fue encontrado siendo pequeño y criado por un humano, el profesor Broom (Ian Mc Shane), con el cual tiene una relación de padre e hijo; por lo cual Hellboy ama a la especie humana y lo manifiesta como oficial de la Agencia de Investigación Paranormal.

En esta ocasión, el argumento es bastante disparatado; lo que se justifica sólo porque Hellboy pertenece a un mundo de historieta, donde cualquier cosa puede pasar y los personajes muchas veces son bastante estereotipados. El mítico mago Merlín (Brian Gleeson) le confiesa que es descendiente del Rey Arturo (Mark Stanley) y que por lo tanto sólo él puede utilizar la espada Excalibur, para vencer a la malvada reina del mal Nimue o Reina Sangre (Milla Jovovich), que por supuesto quiere destruir el mundo

Dejando atrás todas estas consideraciones, el personaje de Hellboy resulta gracioso y conmovedor; precisamente por las características humanas que lo definen, sobre todo su ironía; a pesar de sus ojos amarillos, sus cuernos limados y su mano derecha de piedra, que lo transforman en un héroe inolvidable, más allá de la verosimilitud de sus aventuras.

martes, 9 de abril de 2019

MARILYN

El realismo es el modo más eficaz de narrar cinematográficamente hechos y temas complejos y valóricos, como se les llama ahora, si el objetivo es impactar y remecer al espectador.

Eso parece que lo tuvo claro, el cineasta argentino Martín Rodríguez Redondo, al dirigir y escribir la cinta “Marilyn” (2018), su primer largometraje; con el cual, rápidamente, se ha hecho un nombre en la escena del séptimo arte latinoamericano.

Rodríguez, de 40 años, sólo había participado como uno de los ocho realizadores del filme “Historias Breves 12” (2016); lo que no impide que en “Marilyn” construya una sólida narración visual, basada en un hecho real que ocurrió en el país vecino, en esta co-producción argentino-chilena.

La cinta cuenta la historia de Marcos (un debutante y sorprendente Walter Rodríguez), un joven de diecisiete años, que vive en el campo argentino con sus padres y su hermano mayor. Su padre, Carlos (Germán de Silva), es cuidador y peón en una hacienda ganadera, con lo cual la familia lleva una tranquila vida rural, hasta que fallece de un infarto el jefe de familia, con lo cual la situación cambia radicalmente.

En forma paralela, Marcos, en forma espontánea y natural, deja aflorar su homosexualidad (de ahí el nombre del filme, que es como se le conoce en el ambiente gay de fiestas y carnavales); lo cual no es bien recibido por el conservador medio campesino, simbolizado en el hijo del patrón; tampoco por su hermano mayor, Carlitos ((Ignacio Jiménez), y mucho menos por su madre, Olga (una sólida Catalina Saavedra), que simplemente niega la realidad, reprimiéndolo duramente.

Sus únicos oasis son su amiga Laura (Josefina Paredes), quien no lo juzga para nada; y un amigo gay que conoce casualmente, Federico (Andrew Bargsted), relación amorosa que catalizará su sino trágico.

La cinta basa su eficacia en el distanciamiento de la narración en relación a los sucesos, sin juzgarlos. Mostrándolos con un tono documental, con pocos diálogos y con una cámara descarnada, que retrata tanto las dificultades y la realidad del protagonista por su condición sexual como los atavismos y prejuicios, aún más acentuados, del campo argentino y latinoamericano.

“NOSOTROS”

Doble mérito tiene esta cinta. No sólo funciona muy bien como thriller, sino que además está cargada de simbolismos e interpretaciones, lo que lo hace un filme de autor, que puede ser visto por diversos tipos de espectadores, más o menos exigentes; logrando entretener e interesar a todos ellos.

Se trata de “Nosotros” (2019), película dirigida, escrita y producida por el cineasta estadounidense Jordan Peele; que con esta cinta ratifica el talento mostrado en su anterior trabajo. Peele, de 40 años, había dirigido anteriormente sólo un largometraje, “¡Huye!” (2017), el cual lo ubicó como uno de los directores norteamericanos con mayor proyección.

Esto se ratifica con “Nosotros”, ya que reitera algunas destacables características de estilo en relación a su primera cinta: gran manejo de actores, excelente utilización de la banda sonora, notable construcción del suspenso y la posibilidad de que sus filmes tengan varias lecturas, es decir sus películas tienen una densidad poco usual, lo que no impide que agrade a quienes sólo se quedan con la interpretación literal y puramente argumental.

Desde el comienzo “Nosotros” se plantea como un thriller, cargado de suspenso perturbador. Se aprecia a una niñita en un parque de diversiones costero, que se separa de sus padres y se interna sola en un salón de espejos, donde se encuentra con la imagen de sí mismo, pero con autonomía propia, lo que provoca el primer momento de horror en el público.

Luego esta niña aparecerá como adulta, Adelaide Wilson (Lupita Nyong’o), de viaje de vacaciones al mismo balneario, con el resto de su familia: su esposo Gabe (Winston Duke) y sus hijos Jason (Evan Alex) y Zora (Shahadi Wright Joseph). Allí se encontrarán con sus vecinos, los Tyler, Josh (Tim Heidecker) y Kitty (Elizabeth Moss) y sus hijas, las mellizas Becca (Cali Sheldon) y Lindsey (Noelle Sheldon).

El ambiente de la cinta es agobiante, ya que a menudo aflora el turbador recuerdo de infancia de Adelaide, a lo que contribuye el sonido del filme. Pero la cinta toma un tono totalmente desquiciado y escalofriante cuando aparecen “réplicas” de todos los integrantes de ambas familias, agresivos y resentidos, sombras que llevan una vida paralela, pero bajo la superficie. La proximidad física de Adelaide del portal de la infancia, les permitirá manifestarse abiertamente con imprevisibles consecuencias.

“VENGANZA”

Hay cintas que superan todas las expectativas, por esa vieja costumbre que tenemos los seres humanos de pre juzgar y de hacernos una imagen de las cosas de acuerdo a los antecedentes que tenemos de antemano.

Es el caso de “Venganza” (2019), cinta dirigida por el cineasta noruego Hans Petter Moland y que está basada en su propio filme de 2014, “Orden de Desaparición”, realizado en su país de origen.

Las distorsiones comienzan con el nombre de la cinta y su actor principal, Liam Neeson, ya que se asocian de inmediato a un tipo de filme como “Búsqueda Implacable” (2008) y sus dos secuelas, cintas de acción pura, en que las escenas se suceden de forma vertiginosa. “Venganza” (cuyo título original es “Búsqueda Fría”) es diametralmente opuesta a dicha saga.

Neeson encarna a Nel Coxman, el encargado de abrir los caminos cuando nieva en un helado pueblo de Colorado, con una vida apacible junto a su esposa Grace (Laura Dern). Todo esto cambia cuando la mafia local del narcotráfico mata por error a su joven hijo.

Efectivamente Coxman iniciará entonces una despiadada venganza, hasta llegar al jefe de la organización, Vikingo (Tom Bateman); pero la cinta demostrará ser un refinado homenaje a las cintas del género. Moland ha hecho casi toda su carrera en Noruega, salvo por las cintas “Aberdeen” (2000) y “Una Nueva Vida” (2004), de todos modos desconocidas en nuestra región. Con esta cinta demuestra un singular manejo del ritmo y de las situaciones, en una cinta que entretiene sobremanera, porque está llena de guiños hacia el género de las cintas de mafiosos y sus vendettas.

Vikingo, por error, cree que los responsables de las muertes de sus secuaces son una banda de indios locales, que también se dedican al narcotráfico, grupo a cargo de Toro Blanco (Tom Jackson), con lo cual se desata una genial disputa entre ambas bandas, en la que destacan los diálogos, plenos de humor negro e ironía, por el respeto que a pesar de todo mantienen con los códigos de honor del mundo del hampa.

Los policías del lugar, Kim (Emmy Rossum) y John (John Doman) no entienden nada y son una clara muestra de la perplejidad que provoca esta gran cinta, parodia de los thriller de acción.

“VIVIENDO CON EL ENEMIGO”

Las guerras dejan no sólo secuelas físicas en muchos sobrevivientes, sino también heridas internas difíciles de curar. Estas personas están necesitadas de cariño y dedicación, el cual algunas veces no llega de donde se espera, aumentando los conflictos ya existentes.

Esta es una de las lecturas de “Viviendo con el Enemigo” (2019), cinta dirigida por el cineasta británico James Kent y basada en la novela del escritor inglés contemporáneo Rhidian Brook. La película está ambientada en Hamburgo, inmediatamente finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando aún los británicos no dejaban esta ciudad alemana, vencida y semidestruida por los bombardeos aliados.

Kent, que sólo poseía un largometraje, “Testamento de Juventud” (2014); plantea un triángulo amoroso bastante singular. Por una parte está el coronel británico Lewis Morgan (Jason Clarke), a cargo de las tropas que controlan la ciudad; su esposa, Rachael (Keira Knightley), recién llegada para estar con su cónyugue; y el arquitecto alemán Stephen Lubert (Alexander Skarsgard), al cual le expropian su tremenda casona, para que viva la pareja Morgan. A este pequeño grupo protagónico sólo se debe sumar a la hija adolescente de Stephen, Freda (Flora Thiemann), que en principio odia a los británicos invasores.

La verdad es que hay elementos del guion que hacen predecibles algunas situaciones, con lo cual pierde fuerza el conflicto sentimental. El hecho de que Rachael permita a los Lubert quedarse en la mansión, ocupando la mansarda, es señal inequívoca de que algo pasara entre ellos, sobre todo que el coronel poco pasa en la casa y Freda se supone que asiste todos los días al liceo.

Otra concidencia es que ambas familias perdieron un integrante producto de la guerra. Los Morgan a su hijo de once años, que murió en uno de los bombardeos alemanes a Londres y la esposa de Stephen en uno de los bombardeos aliados a Hamburgo. Los Morgan se han distanciado por esta situación, estando Rachael con la guardia baja y expuesta a la simpatía del atractivo arquitecto. De todos modos, llama la atención la facilidad con que Rachael se entrega a esta aventura y lo rápido que surge el amor entre ellos, otra de las debilidades argumentales de la cinta.

martes, 12 de marzo de 2019

“UN LADRON CON ESTILO”

Hay películas que su encanto radica definitivamente en sus actuaciones, más allá de la historia y de sus logros en el uso del lenguaje cinematográfico. Más aún si se trata supuestamente del último trabajo de una verdadera leyenda del cine, que ha dado vida a inolvidables personajes del séptimo arte.

Es el caso de “Un Ladrón con Estilo” (2018), cinta dirigida y escrita por el cineasta estadounidense Davis Lowery, y cuyo protagonista es el actor norteamericano Robert Redford, uno de los últimos representantes del “star system”. Redford, de 82 años, es recordado por su trabajo actoral en cintas como “Dos Hombres y un Destino”, “El Golpe”, “El Gran Gatsby”, “Todos los Hombres del Presidente” y “El Jinete Eléctrico”, entre otras; y por haber creado el Festival de Cine Sundance, el más importante del mundo en cine independiente.

En “Un Ladrón con Estilo”, que está basada en un artículo publicado en la revista New Yorker, interpreta a Forrest Tucker, un famoso ladrón de bancos que delinquió hasta después de los setenta años y que también fue conocido por la cantidad de veces que se escapó de la cárcel, a pesar de que esta veta de su personalidad no es explotada en la película.

Su director, Lowery, de 38 años, había dirigido anteriormente cuatro largometrajes: “Dead Room” (2005), “St. Nick” (2009), “Ain’t them Bodies Saints” (2013) y “La Historia de un Fantasma” (2017); ninguna de las cuales se ha estrenado comercialmente en la región de Valparaíso.

Tucker, un caballeroso asaltante de bancos, tenía dos socios en sus andanzas delictuales: Teddy (Danny Glover) y Waller (Tom Waits), que conforman un trío singular e inolvidable, como si robar bancos fuera lo más natural del mundo y un acto de entretenimiento, tal cual lo grafica el filme; ya que la leyenda señala que Tucker robó por última vez, a los 78 años, cuatro bancos en el mismo día, siempre con una amable sonrisa en el rostro, cuando ya se había casado con su tercera esposa, Jewel (Sissy Spacek), la fuente del artículo que sirve de base a este entretenido filme.

El otro personaje clave de la cinta es el detective John Hunt (Casey Affleck); que persiguió durante años al anciano y misterioso ladrón de bancos, conocido por su caballerosidad y su permanente sonrisa; el personaje ideal para que Redford despidiera su exitosa y prolífica carrera como actor.

viernes, 8 de marzo de 2019

“EL REPOSTERO”

El viejo refrán de que el amor no discrimina y no tiene barreras, sigue apareciendo en el cine desde diversas latitudes y contando variadas historias.
Y siempre es un objetivo que sustenta bien un buen largometraje, más aún si la narración está hecha con sutileza y sensibilidad, pero sin evadir los conflictos inevitables que conlleva amar más allá de todas las limitaciones sociales y culturales.

“El Repostero” (2017), cinta dirigida, escrita y producida por el cineasta israelí Ofir Raúl Graizer, cumple con estos atributos y marca positivamente el estreno de su realizador, ya que esta es su ópera prima.

Los protagonistas son básicamente tres, un alemán y dos judíos; y la historia se mueve entre Berlín y Jerusalén, lo que indica a las claras la intención del director de poner una cuña a los prejuicios y arquetipos que existen entre estas dos naciones y sus culturas.

El protagonista principal es Thomas (Tim Kalkhof), un repostero que tiene un café en Berlín, conocido por sus tortas, pasteles y galletas; y que es visitado por el empresario judío Oren (Roy Miller), cuyo hogar está en Jerusalén, cada vez que viaja a la capital alemana, para saborear sus exquisiteces y llevarle galletas de regalo a su esposa, Anat (Sarah Adler) y a su hijo Itai (Tamir Ben Yehuda).

Hasta ahí todo normal. El conflicto surge de que paulatinamente Thomas y Oren comienzan a enamorarse y a establecer una relación cada vez más intensa, la cual el director no tiene tapujos en mostrar claramente al espectador. A pesar de todo, la situación es estable, ya que Oren no pretende separarse de su familia; la que nuevamente se fractura, ya que éste muere en un accidente en Israel.

La segunda e imprevisible parte del filme relata la visita que realiza Thomas a Jerusalen para conocer a Anat, de incógnito, y los detalles de cómo vivía su amado; en lo que es sin dudas la parte más extraordinaria de la cinta; ya que el director va desarrollando pausadamente los acontecimientos, cuyo presagio de imposibilidad y fracaso se palpita en las intervenciones de la madre de Oren, Hannah (Sandra Sade), que parece saberlo todo; y del hermano de Anat, Moti (Zohar Shtrauss), que representa el peso de la fuerte tradición hebrea y de las ataduras del amor tradicional.