martes, 28 de marzo de 2017

“LIFE: VIDA INTELIGENTE”

La posibilidad de que exista vida en otros lugares del universo se ha vuelto un tema recurrente en el cine actual. La mayoría de las veces, los fundamentos no son del todo científicos; sino que el objetivo final es construir una cinta de terror, basada en el temor a lo desconocido y a los monstruos de nuestra propia imaginación.

“Life: Vida Inteligente” (2017), cinta dirigida por el cineasta sueco Daniel Espinosa, es una mezcla de todos estos elementos, aunque finalmente tanto los astronautas del filme como el espectador se ven enfrentados lisa y llanamente a un monstruo, que recuerda mucho a Alien.

Espinosa, de 40 años, luego de dirigir tres cintas en su país natal, accede a Hollywood a través de una cinta llamada “Dinero Fácil” (2010); para luego realizar “Protegiendo al Enemigo” (2012) y “Crímenes Ocultos” (2015), ninguna de ellas estrenadas en la región de Valparaíso.

En “Life: Vida Inteligente” todo comienza muy científicamente. Una expedición multinacional debe tomar muestras de Marte, las que serán analizadas en la misma estación, por si hubiera algún peligro con ellas, antes de llevarlas a la tierra. La misión está a cargo de la rusa Ekaterina Golovkina (Olga Dihovichnaya); y está integrada además por los médicos Miranda North (Rebecca Ferguson) y David Jordan (Jake Gyllenhaal); por los ingenieros Rory Adams (Ryan Reynolds) y Sho Murakami (Hiroyuki Sanada) y por el científico Hugh Derry (Ariyon Bakare), quien será el encargado de manipular la célula encontrada.

En los primeros minutos la trama se centra en la excelente relación entre los miembros de la expedición y el lento avance en el estudio de la célula, que prácticamente no responde a los estímulos, hasta que Derry le aplica pequeños golpes de corriente, que provocan una reacción en cadena en su desarrollo, con impredecibles consecuencias, las cuales concentrarán la mayor parte de la película, en una espiral acelerada de acontecimientos.

El eje se ha virado y la sobrevivencia será la motivación central para los personajes y para este nuevo ser, que se desarrolla y se adapta mucho mejor que los humanos, lográndose el objetivo final de la cinta: que el espectador se sienta horrorizado ante una situación incontrolable, que recrea las peores pesadillas.

martes, 21 de marzo de 2017

“SILENCIO”

Existen pocos directores vivos tan asertivos y prolíficos como el estadounidense Martin Scorsese que, a sus 74 años, tiene cintas iniciales que ya son clásicas y recientes filmes que, no cabe duda, lo serán en unos cuantos años.

“Silencio” (2016), su último estreno cumple con todas las características para transformarse en un hito dentro de la cinematografía mundial; lo que demuestra el grado de madurez que ha alcanzado Scorsese. Dirigida, escrita y producida por él; la cinta está basada en una novela del escritor japonés Shusaku Endo y narra los avatares de tres sacerdotes católicos portugueses en el siglo XVII, que fueron misioneros en el país asiático, con una suerte bastante trágica.

El rol protagónico recae en el padre Rodrigues (Andrew Garfield), quien junto al padre Garupe (Adam Driver), viajan a Japón para buscar los pasos del padre Ferreira (Liam Neeson), del cual se decía que había renegado de la religión católica después de unos años, convirtiéndose en apóstata.

Rodrigues y Garupe siguen el mismo camino, tanto físico como espiritual, de Ferreira, sufriendo las mismas dificultades para dar a conocer la religión católica, en un país ancestralmente budista; y en que las autoridades decretaron al cristianismo fuera de la ley y pernicioso para la población, torturando y ejecutando a los nipones que se convertían al catolicismo.

En el caso de los sacerdotes, también eran torturados; pero la intención última era que renegaran de la religión cristiana, para ser un ejemplo de debilidad ante los orgullosos japoneses, siempre dispuestos a morir por sus creencias y por su honor.

La cinta se puede ver como una simple película histórica, que narra acontecimientos, con bastante realismo; pero tratándose de Scorsese claramente las lecturas posibles son muchas más. Por de pronto, interesa el choque entre dos culturas y la tesis de que en Japón no puede brotar una religión como el catolicismo, por el panteísmo ancestral de los japoneses, representado en el Gobernador e inquisidor (Yssei Ogata). También es notable el trabajo que produce en Ferreira y Rodrigues la tortura psicológica que sufren por años, causando efectos distintos en ambos, lo que justifica la diversidad de narradores que tiene esta gran película.

martes, 14 de marzo de 2017

“T2 TRAINSPOTTING”

Hacer una secuela veinte años después de una película que fue un hito generacional es sin duda un gran riesgo; pero “T2 Trainspotting” (2017) lo salva con gran acierto y la verdad que resulta tan atractiva como la primera.

Y esto por varias razones, que debieran ser consideradas al momento de realizar secuelas de cintas emblemáticas. Primero que nada, se mantiene el mismo director, el británico Danny Boyle, que con sus sesenta años ha desarrollado una carrera con destacables obras. Las más importantes son “Trainspotting” (1996), “La Playa” (2000), “Millions” (2004), “Quién quiere ser Millonario” (2008), “127 Horas” (2010) y “Steve Jobs” (2015), que dan cuenta de un particular estilo, que considera un ritmo vertiginoso de narración, cimentado en un particular uso de la cámara y del montaje.

“T2 Trainspotting”, dirigida y producida por Boyle y basada en las novelas de Irvine Welsh, no es la excepción. Con un tempo extenuante, la historia de los cuatro amigos irlandeses que se encuentran veinte años después en Edimburgo, es relatada a cien kilómetros por hora, con montaje paralelo, flash backs e incluso división de la pantalla, para poder contar varias cosas al mismo tiempo. La otra gran razón del éxito de la cinta es que se mantienen los mismos actores, lo que otorga un carácter testimonial a la cinta, que va más allá de la ficción de la historia y del artificio del cine.

Después de vivir veinte años en Holanda, Renton (Ewan Mc Gregor) vuelve y se va reencontrando uno a uno con sus otrora compinches, tanto en el delito menor como en la vida desenfrenada, que consideraba básicamente drogas (principalmente heroína), sexo y rock and roll. Primero será con el bueno de Spud (Ewen Bremner), que logra superar la adicción al descubrir su veta literaria, basada en la honestidad de sus relatos autobiográficos.

Luego, buscará a Simon (Jonny Lee Miller), en el que se mezclan los sentimientos de la venganza y el reencuentro; y que ahora regenta un bar de mala muerte y tiene una novia búlgara, Verónika (Anjela Nedyalkova), que nuevamente probará la amistad de ambos. Finalmente, el reencuentro más alucinante será con Begbie (Robert Carlyle), el más violento y revanchista del grupo y que coincidentemente se escapa de la cárcel. La condena de esa generación se encarna magistralmente en la relación de sometimiento que Begbie establece con su hijo Frank Junior (Scot Greenan) y de impotencia con su esposa June (Pauline Turner).

martes, 7 de marzo de 2017

“LUZ DE LUNA”

Hay grupos étnicos o culturales que no se ven reflejados habitualmente en las salas de cine comercial; no sólo en nuestro país, sino en el mundo entero. Uno de ellos es la etnia afroamericana en Estados Unidos y cuando se estrena una cinta de este origen, honesta, con una mirada inteligente sobre sí misma; difícilmente pasa desapercibida.

Es el caso de “Luz de Luna” (2016), filme escrito y dirigido por el cineasta estadounidense Barry Jenkins; que narra tres etapas de la vida de un niño bastante común, de raza negra, con problemas familiares y personales, principalmente psicológicos. Jenkins, de 37 años, sólo había dirigido anteriormente un largometraje, “Medicina para la Melancolía” (2008), desconocido en la región de Valparaíso; lo cual no obsta para que en éste, su segundo estreno, logre un filme equilibrado en su estructura y, lo más importante, un aporte revelador sobre la realidad que viven los afroamericanos comunes y corrientes, sus miedos y sus pequeñas felicidades.

Durante la infancia le llamarán Little, Pequeño, (Alex Hibbert) y sufrirá el abuso de sus compañeros, por su delgada contextura. Luego, en la adolescencia lo apelarán por su nombre, Chiron (Ashton Sanders); época en la que le harán dudar de su heterosexualidad y tendrá una affaire homosexual con su mejor amigo, Kevin (Jhamrel Jerome), episodio que lo marcará para toda la vida; y la tercera etapa, la adultez, después de una pasada por la cárcel, en que será conocido como Black (Thevante Rhodes), fisicoculturista, traficante de drogas, un hombre aparentemente exitoso, pero que en el fondo sigue siendo ese adolescente que necesita sentirse querido.

Eso es lo que da gusto de esta película. No sólo su estructura inteligente, la sensibilidad y la sutileza del tratamiento del tema; sino también la profundidad con que se construye este personaje protagónico, que verdaderamente en un héroe, en el sentido que representa las dificultades y ambiciones de una cultura, que ya lleva en lo mismo por varias generaciones.

En esta línea, son fundamentales los personajes de la madre de Chiron, Paula (Maomí Harris), madre soltera y adicta, con la cual tiene una relación de inseguridad y contradicción. También la figura inesperada de Juan (Mahershala Alí), que le ofrecerá una imagen paterna amistosa, que replicará en el futuro; y su pareja Teresa (Janelle Monáe), que en algo suplantará emocionalmente a su madre.

martes, 28 de febrero de 2017

“UN CAMINO A CASA”

No basta con tener una buena historia para hacer una buena película, aunque ayuda por cierto. La clave está en transformar ese argumento en imagen y sonido, con sensibilidad en la puesta en escena e inspiración al momento del montaje final. Estas tres etapas son fundamentales para que la cinta sea un producto logrado y con una impronta personal de autoría.

Un buen ejemplo es “Un Camino a Casa” (2016), opera prima del director australiano Garth Davis, adaptación del libro autobiográfico “Un Largo camino a Casa” del autor indio Saroo Brierley, el gran protagonista de esta emotiva cinta, que remece al espectador tanto por la historia misma, como por las grandes actuaciones y por el modo que tiene el director de narrar las dramáticas peripecias de Saroo a los cinco años (Sunny Pawar) como cuando tiene entre veinticinco y treinta años (Dev Patel).

El dato de que los hechos relatados sean reales no es trascendente al momento de evaluar el filme, ya que éste se constituye en una entidad autosuficiente, de gran efectividad en lo que se refiere a involucrar al espectador en esta aventura vital de Saroo, desde que se pierde a los cinco años y se separa de su hermano mayor Guddu (Abhishek Bharate), de su madre, Kamla (Priyanka Bose) y de su hermana Shekila hasta que se rencuentra con su familia a los treinta años, producto de la obsesión que le provocan los recuerdos cada vez más punzantes y precisos.

A esto hay que sumarle el conflicto que empieza a vivir con su nueva familia, que lo adoptó cuando era pequeño, el matrimonio australiano Brierley, formado por Sue (Nicole Kidman) y John (David Wenham) y por su hermano Mantosh (Dirian Ladwa), también de nacionalidad india y adoptado siendo pequeño. La inquietud del joven Saroo es tremenda y afectará también la relación con su novia Lucy (Rooney Mara).

En el logro de armonizar sus afectos y alcanzar el objetivo de volver a abrazar a su madre biológica, el apoyo de su nueva madre Sue y de su novia Lucy será fundamental, instalando a la mujer una vez como pilar no sólo de la familia, sino de la estabilidad vital del ser humano. Davis llama la atención con esta cinta sobre la fuerza de los sentimientos humanos, sin caer en el sentimentalismo ni en el folletín. Construye una cinta sutil, bien armada, con personajes densos y ricamente interpretados, con una estructura narrativa inteligente y sugestiva.

martes, 21 de febrero de 2017

“JACKIE”

La verdad me entusiasmaba pensar que el cineasta nacional Pablo Larraín debía su éxito a que trataba con profundidad y realismo temas fundamentales de la identidad nacional; y que el espectador chileno se sentía reflejado en sus cintas y el extranjero maravillado por una visión tan personal y descarnada.

Pero su reciente estreno, “Jackie” (2016), basada en un episodio de la vida de Jacqueline Kennedy, la ex Primera Dama de Estados Unidos, me demuestra una vez más que lo importante para hacer una buena película no es la importancia de la historia ni sus características, sino un buen guion técnico, una buena puesta en escena y un apropiado montaje, para los objetivos que se ha trazado el director.

Larraín, de 40 años, con cintas notables como “Tony Manero” (2008), “Post Mortem” (2010), “No” (2012), “El Club” (2015) y “Neruda” (2016), ratifica sus pergaminos con una historia que podría parecer excéntrica para su filmografía, pero que en realidad no lo es, dado el tratamiento y el enfoque que le da al material narrado.

La película relata el momento inmediatamente posterior al asesinato del Presidente John Kennedy (Caspar Phillipson), pero únicamente desde la perspectiva de su esposa Jackie (Natalie Portman) y se centra obsesivamente en esos días, logrando de este modo una abismante profundidad.

Por otro lado, la cinta está construida con un montaje paralelo. Por un parte está el relato de la entrevista que le realiza un periodista (Billy Crudup) a solas en su casa; y por otro, las imágenes que van surgiendo de sus recuerdos, referidas principalmente a su estadía en la Casa Blanca y al momento exacto en que impactan los dos balazos a su esposo y a los minutos posteriores, como también al espectacular funeral y sus preparativos.

La verdad que el comportamiento de Jackie Kennedy corresponde más al de una reina viuda, que al de una ex Primera dama. Esto se nota en los matices de su voz, en el modo que trata al periodista; pero principalmente en la manera que se relaciona con el nuevo Presidente, Lyndon Johnson (John Carroll Lynch), con su cuñado, el senador Robert Kennedy (Peter Sarsgaard) y con el sacerdote (John Hurt), con quien sostiene interesantes conversaciones, que recuerdan los tiempos de la monarquía.

martes, 14 de febrero de 2017

“CINCUENTA SOMBRAS MAS OSCURAS”

Siempre ha habido una disociación entre el cine de autor y el cine comercial. Y una de las principales razones es que el cine comercial utiliza fórmulas más o menos probadas, para lograr éxito de taquilla, que es el fin último de este tipo de cine.

“Cincuenta Sombras Más Oscuras” (2017), cinta dirigida por el cineasta estadounidense James Foley y basada en la novela de E.L.James, es un buen ejemplo de esta premisa, que la aleja de las preferidas de los críticos, pero por otro lado goza del favor del espectador que no pide demasiado al momento de ir al cine y que ven a éste como un mecanismo para pasar un rato de mera distracción.

Foley, de 63 años, a pesar de tener una larga carrera como director, no registra ninguna cinta digna de recordar por algún motivo; salvo “Miedo” (1996), en que logra plasmar de buena forma la obsesión enfermiza en una relación sentimental de dominación. En “Cincuenta Sombras Más Oscuras”, secuela de la cinta “Cincuenta Sombras de Grey” (2015), que dirigió Sam Taylor-Wood, se hace un cóctel más completo y refinado de los elementos que definen a una cinta comercial del género erótico.

Por ejemplo, el evidente atractivo físico de la pareja protagónica: la periodista Anastasia Steele (Dakota Johnson) y el multimillonario Christian Grey (Jamie Dorman); los que por supuesto realizan escenas eróticas bastante directas y simples para perturbar al espectador.

Luego, aparece una antigua “sumisa” de Grey, Leila (Bella Heathcote), que quiere matar a Ana por celos; y el nuevo jefe de Ana, el editor Jack Hyde (Eric Johnson), que sin decir agua va la intenta forzar en su oficina y que su venganza será el gancho para la segunda secuela, que queda anunciada en la escena final.

Por otro lado, se incorpora un elemento romántico entre ambos, ya que lo erótico solo no era capaz de sustentar esta relación en más de una cinta. Esto obliga a que aparezca la familia adoptiva de Grey: su madre Grace (Marcia Gay Harden), sus hermanos, su padre; y una despechada ex amante mayor de Grey, Elena Lincoln (Kim Basinger), en un intento vano por humanizar al frío y poco creíble millonario.