martes, 21 de octubre de 2014

“MATAR A UN HOMBRE”

A pesar de todas las resistencias, ya se habla de un Novísimo Cine Chileno; en el cual destaca principalmente el buen manejo del lenguaje cinematográfico y la variedad temática, que va desde lo político, pasando por lo existencial, para llegar a filmes intimistas; todos ellos con una sensibilidad que da cuenta que este grupo ha internalizado de buena manera no sólo la historia del cine nacional, sino también la historia cultural y política del país.

Alejandro Fernández Almendras, director, guionista y editor de “Matar a un Hombre” (2014) forma parte de esta nueva generación, que ya está dando que hablar a nivel internacional. Fernández, de 43 años, había dirigido dos largometrajes: “Huacho” (2009) y “Sentados frente al Fuego” (2011), que lo ubican con un estilo visual propio y con preocupaciones existenciales, que establecen una suerte de idiosincrasia de los seres comunes de nuestro país.

En “Matar a un Hombre”, Fernández profundiza y extiende estos intereses. Su protagonista, Jorge (Daniel Candia), es un trabajador de un Centro de Investigaciones Forestales en la costa del sur de Chile. Un tipo bastante común y corriente que vive con su esposa, Marta (Alejandra Yánez); y sus hijos adolescentes, Jorgito (Ariel Mateluna) y Nicole (Jennifer Salas) en una población de clase media. No tiene auto, se desplaza en buses y por la convivencia familiar, no se diría que es un hombre especialmente feliz.

Esta medianía vital es interrumpida por una banda de delincuentes de poca monta, que viven en la vecindad y que son dirigidos por un matón, alias el Kalule (Daniel Antivilo); y que lo asaltan al llegar a la casa y le roban sus implementos para inyectarse insulina, ya que es diabético, causando la furia de su hijo. Esto generará una espiral de conflicto y agresiones entre Kalule y su familia, que culminará en un enfrentamiento mortal entre ambos, cargado de emoción y suspenso.

Llama la atención el buen manejo de la elipsis en el relato por parte del director. El espectador se entera casualmente que toda esta crisis ha significado su separación matrimonial y que está viviendo en una pensión, aumentando su desolación, que ni siquiera es minimizada por una prostituta, luego de acudir a un cabaret. El sentimiento de culpa también está muy bien manejado, ya que se siente su soledad al momento de decidir matar a Kalule y luego en la imposibilidad de deshacerse del cadáver, como si víctima y victimario fueran reflejos de la misma y trágica realidad.
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