lunes, 1 de octubre de 2012

“CARNAGE”


Todo un privilegio poder ver, dentro de la alicaída cartelera cinematográfica local, una cinta notable de un director que ya tiene varias de sus películas entre los clásicos de la historia del cine.

Se trata de “Carnage” (2011), filme del cineasta polaco-francés Roman Polanski, basada en la novela “Le Dieu Carnage” de la escritora contemporánea francesa Yasmira Reza, quien escribió el guión junto a Polanski; quien, a sus 79 años, ha dirigido, entre otras, las memorables “El Baile de los Vampiros”, “El Bebé de Rosemary”, “Macbeth”, “Barrio Chino”, “El Inquilino”, “Tess”, “Luna de Hiel”, “La Muerte y la Doncella”, “El Pianista” y “El Escritor Fantasma”.

Y como las grandes películas, “Carnage” interesa tanto por la formal como por su contenido. En lo primero, llama la atención cómo Polanski resuelve el tour de force: la acción se desarrolla mayoritariamente en una habitación con algunas tomas en la puerta, el pasillo al ascensor y en un baño, con fuertes diálogos entre dos parejas, que sólo tienen en común que el hijo de una de ellas, Zachary, golpeó con un palo a Ethan, el hijo de la otra, haciéndole perder dos dientes.

El único plano exterior se produce al comienzo del filme. Es un plano general, con cámara fija, en el Central Park de Nueva York. Se ve un grupo de niños, dentro del cual se produce una discusión y de pronto uno de ellos golpea con un palo a otro y éste cae al suelo. Luego, por corte, se pasa al interior de un departamento donde conversan y discuten a ratos los padres de Ethan, Penélope (Jodie Foster) y Michael (John C. Reilly) y los padres de Zachary, Nancy (Kate Winslet) y Alan (Christoph Waltz), en un duelo apasionante de personalidades y de argumentos, cuyo ritmo y tono va cambiando a medida que la honestidad va en aumento, ayudado por el whisky que se le ocurre servir al dueño de casa, Michael.

Alan es un abogado inescrupuloso, que es interrumpido a cada rato por el celular, porque uno de sus principales clientes tiene un problema, que también afecta a la ética. Su mujer, Nancy, corredora de inversiones, en principio es conciliadora, pero luego se va soltando junto con el alcohol. Penélope tiene una agresividad latente que, con el paso del tiempo, se transforma en histeria; y Michael, también conciliador en un comienzo va demostrando su apatía e indiferencia, en una magnífica exhibición de los peores defectos de la condición humana.
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