jueves, 24 de febrero de 2011

“EL DISCURSO DEL REY”

En el cine inglés existe una tradición de cintas que se sustentan narrativamente en el juego dialéctico que se produce en la relación entre dos personajes protagónicos, que también se traduce en un desafío actoral para los dos intérpretes principales.

Dos ejemplos notables de esta línea son “Juego Mortal” (1972), dirigida por Joseph Mankiewicz, con Laurence Olivier y Michael Caine en los roles estelares; y “El Vestidor” (1983), dirigida por Peter Yates, con las actuaciones de Albert Finney y Tom Courtney. Una versión estadounidense de esta vertiente podría ser “Conduciendo a Miss Daisy” (1989), que fue dirigida por Bruce Beresford, y contó con las interpretaciones de Jessica Tandy y Morgan Frreman.

En todos estos casos, en la retina del espectador, más allá de la historia, queda la competencia actoral de los intérpretes y la relación interpersonal profunda que se estableció entre los dos personajes en la pantalla, incluso por sobre el lenguaje audiovisual utilizado; lo que demuestra la fuerte influencia teatral en este tipo de películas.

“El Discurso del Rey” (2010) se inscribe magistralmente en esta línea, que ha dado grandes resultados en el cine británico. Dirigida por el cineasta inglés Tom Hooper, narra la relación entre el rey Jorge VI (Colin Firth) y su terapeuta en lenguaje, el australiano Lionel Logue (Geoffrey Rush), ya que el monarca tenía una tartamudez grave, que le impedía hablar en público, serio impedimento para cumplir con su función de gobierno.

Hooper, de 38 años, tiene una importante carrera en la televisión inglesa; y sólo había dirigido dos largometrajes desconocidos en Chile: “Red Dust” (2004) y “El Nuevo Entrenador” (2009); por lo cual resulta una agradable sorpresa la sutileza y el buen manejo de actores y situaciones que demuestra en “El Discurso del Rey”, donde también destacan Helena Bonham Carter en el rol de la reina Elizabeth y Derek Jacobi en el papel del Arzobispo de Londres, Cosmo Lang.

Impresiona como Hooper desarrolla paso a paso la relación de amistad que se va desarrollando entre un inseguro y escéptico príncipe (antes de llegar a rey por la dimisión de su hermano, Eduardo VIII, para casarse con Wallis Simpson) y un poco ortodoxo terapeuta, pero que ha alcanzado importantes resultados con pacientes tartamudos.
Por otro lado, la cámara se inmiscuye en aspectos cotidianos de la vida de los duques de York y del momento histórico que les tocó vivir, con absoluta naturalidad. Su relación con Winston Churchill, con la Iglesia británica y sobre todo su participación en la Segunda Guerra Mundial; que de hecho da nombre a la cinta, que hace alusión al discurso que tuvo que dar a todos los ciudadanos, cuando Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania y ya era rey; lo que superó con éxito gracias a la ayuda invaluable de Logue.

El corazón de la cinta radica precisamente en la relación de amistad de Logue con el noble británico, que debe ceder paulatinamente a su orgullo y al protocolo, no sólo para acceder a la terapia y a la atención profesional de aquel; sino también para humanizarse, para crecer como persona y para superar el origen de su problema, producto de un trauma infantil por la rigidez y crueldad de la educación familiar.
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