lunes, 6 de diciembre de 2010

“POST MORTEM”

El Golpe de Estado de 1973 sigue siendo una obsesión y un tema recurrente para muchos cineastas chilenos, incluso para los más nuevos y talentosos, como es el caso de Pablo Larraín, de 33 años, que de sus tres largometrajes dos de ellos tienen como trasfondo este traumático período de la historia nacional.

Su primera cinta, “Fuga”(2006), no hacía presagiar lo interesante de su propuesta cinematográfica posterior. Esa película, pretenciosa y pseudo intelectual , con la errada elección del actor Benjamín Vicuña en el rol protagónico, marcó un comienzo distorsionado en la carrera de Larraín.

Con su segundo largometraje, “Tony Manero” (2008), el cineasta realizó un viraje en ciento ochenta grados en todo sentido, tanto en la temática: una visión personal y sin tapujos del Chile en la década del ’70; como en el lenguaje cinematográfico, en que opta por un realismo descarnado, que se traduce en la puesta en escena, la iluminación, el uso de la cámara, el montaje y todos los elementos expresivos, que lo han transformado en uno de los cineastas chilenos más interesantes del nuevo milenio.

“Post Mortem” (2010) mantiene la temática, la visión y el lenguaje de “Tony Manero”, produciéndose una suerte de hermandad entre ambas. En los dos casos, el protagonista vive una historia de obsesión y es encarnado por el gran actor Alfredo Castro.

En “Post Mortem” interpreta a Mario Cornejo, un silencioso funcionario de la Morgue, que toma nota de los informes de las autopsias, que le dicta el doctor Castillo (Jaime Vadell) y su asistente Sandra (Amparo Noguera), en plena gobierno de la Unidad Popular, en los días previos al Golpe Militar.

En esa escabrosa cotidianeidad, Cornejo se enamora de su vecina de enfrente, una bailarina de la revista del otrora famoso Teatro Bim Bam Bum de Santiago, Nancy Puelma (Antonia Zegers), que está entrando en su período de decadencia y que vive con su padre, en cuya casa se realizan reuniones políticas proclives al gobierno allendista. Cornejo la corteja con intensidad, logrando la atención de Nancy, por su caballerosidad y entrega.

De pronto ocurre el Golpe de Estado y la vida cambia para todos. La casa de Nancy es arrasada por los militares y tanto ella como su padre desaparecen. La Morgue se comienza a llenar de cadáveres y se hace cargo un capitán de Ejército, que requiere informes sumarios del equipo médico y técnico. Entre los muchos cuerpos aparecen el del padre de Nancy y el del propio Presidente Salvador Allende.

Esta parte final de la cinta adquiere un tono fantasmagórico y casi surreal, en que se confunden y mezclan la historia de amor de Cornejo por Nancy, que aparece escondida en una bodega del patio de su casa; y la historia de locura en que estaba sumida el país y que tenía su correlato en las pilas de cadáveres sin explicación en el Servicio Médico Legal.

Este paroxismo se manifiesta de manera notable en la escena final del filme, con la cámara fija instalada frente a la puerta de la bodega, donde Mario despechado lanza y lanza muebles y artefactos para impedir la salida de Nancy, que ha quedado encerrada con su supuesto hermano, Víctor (Marcelo Alonso), su amante comunista, como metáfora de la fragilidad de la vida y de las pasiones desatadas por esos días difíciles de olvidar.
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