viernes, 24 de septiembre de 2010

“LOS MEJORES DE BROOKLYN”

Parece que, de tiempo en tiempo, el cine estadounidense tratara de lavar su mala conciencia sobre la discriminación que ejerce la policía en ese país entregando películas que tratan de convencer al espectador de que sus detectives son verdaderos héroes y de que el “pueblo” puede confiar en sus guardianes.

El director Antoine Fuqua toma un camino diferente y sus policías no sólo no son héroes, sino que son personas de carne y hueso, con más debilidades que fortalezas, y a los cuales les cuesta mucho encontrar en sí mismos elementos rescatables, que los hagan actuar de buena forma, aunque probablemente este retrato se parezca mucho más a la realidad, que esas postales que nos muestran fuerzas policiales inmaculadas y formadas por superhombres incorruptibles.

Fuqua, de 44 años, sin ser un genio en el uso del lenguaje cinematográfico ni poseer una obra personal y demasiado original, ha cimentado una fama de buen artesano, con buen manejo de actores y ha desarrollado una filmografía en que se difuminan los límites entre bien y mal y en que la violencia se manifiesta sin maniqueísmos y con un trasfondo ligado al poder y la manipulación.

Cintas como “Día de Entrenamiento” (2001), “Lágrimas del Sol” (2003), “Rey Arturo” (2004), “La Llamada” (2006), no estrenada en Chile, y “El Tirador” (2007) dan cuenta de estas particularidades del cine de Fuqua.

En “Los Mejores de Brooklyn”, el director nos cuenta la historia de tres policías que trabajan en esa difícil zona de Nueva York, considerada la más complicada de la ciudad. En una primera escena notable nos da cuenta de la ambigua moralidad en que se sumergirá el espectador: Bobby Powers (Vincent D’Onofrio), un claro delincuente, cuenta su historia a Sal Procida (Ethan Hawke), un sujeto que da la impresión que perteneciera al mismo mundo, porque de hecho le dispara a Bobby cuando termina el diálogo. Sólo en la escena siguiente nos enteraremos de que es policía y que está agobiado por la falta de dinero y por la presión familiar.

El segundo policía es Eddie Dugan (Richard Gere), al cual sólo le faltan siete días para jubilarse y que ha perdido toda motivación para imponer el bien sobre el mal y que además se siente solo y está alcoholizado, enfrentado a su propio pesimismo. El tercer policía es Clarence “Tango” (Don Cheadle), que lleva actuando encubierto más de ocho años, tanto en la cárcel como en la mafia del barrio; por lo cual ha generado compromisos y afectos con los propios delincuentes, especialmente con Cas Phillips (Wesley Snipes), al cual incluso le debe su vida; por lo cual le cuesta comportarse como un policía normal. Este contraste se acentúa con las figuras de sus superiores, el teniente Hobarts (Will Patton) y la agente Smith (Ellen Barkin), a los cuales sólo parece interesarles los “triunfos” para seguir escalando posiciones.

Evidentemente, los tres deben tomar opciones, que determinarán no sólo su propio destino, sino también el de los que los rodean; con lo que se señala que las acciones humanas no son morales o inmorales a priori, sino que son unas u otras de acuerdo a las consecuencias que producen, a las vidas que salvan o a las almas que condenan.
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