viernes, 23 de octubre de 2009

“EL LUCHADOR”

De cuando en vez surgen directores de cine que se destacan por su originalidad y que cada película que realizan tiene una clara autoría, resistiéndose a ser absorbidos por la maquinaria del cine. Esto es especialmente destacable en la comercial y megalómana industria cinematográfica de Estados Unidos.

Darren Aronofsky, de 40 años, realizador de “El Luchador” (2008), cumple a cabalidad con esta excepcionalidad; y en las cuatro cintas que ha dirigido ha demostrado un especial interés en tratar los temas de una manera creativa y diferente, que se podría resumir en su capacidad metafórica y en la honestidad de la puesta en escena.

Su primera cinta, “Pi” (1998), lo colocó de inmediato en una posición distintiva, que fue reconocida por la crítica y el público inteligente. Esta situación se mantuvo y afianzó con sus siguientes filmes: “Réquiem por un Sueño (2000) y “La Fuente de la Vida” (2006), que han confirmado su consecuencia en su estilo y temática.

En “El Luchador”, quizás la más existencial de sus cintas, aunque sin problema ésta podría ser leída como una lucha casi metafísica, prueba una vez más su talento, con una historia singular, una puesta en escena notable y una autenticidad que la hace totalmente moderna, con personajes enfrentados a la soledad y a la inevitabilidad de destinos cercanos al fracaso.

La cinta relata la decadencia de un profesional de la lucha libre como espectáculo, Randy “Ram” Robinson (un excelente Mickey Rourke), que tiene la posibilidad de reverdecer laureles, pero que un ataque cardíaco vuelve sin misericordia a la realidad. En ese momento toma conciencia de la inconsistencia de la relación que sostiene con una stripper, Cassidy (una atractiva y convincente Marisa Tomei); y del nulo nexo que tiene con su hija adolescente, Stephanie (Evan Rachel Wood).

Randy es un personaje inolvidable. A pesar de su estado actual mantiene una dignidad que impresiona. La pasión con la que vive es la misma con la que goza la música de los ’80: Guns N’Roses como antítesis de Kurt Cobain; el que es odiado por Ram, al igual que los años ’90. Con una cámara en mano, Aronofsky sigue a Robinson en cada una de sus peleas y peripecias, lo que posibilita al espectador inmiscuirse como testigo privilegiado de esta vida que sigue luchando, a pesar de todo el dolor, como una gran metáfora de la existencia de muchos seres humanos que se resisten a transformarse en perdedores.

La secuencia final, cuando Ram vuelve al cuadrilátero a pesar de la prohibición médica, y declara que el público que lo anima y lo sigue es su verdadera familia, impacta por su honestidad y fuerza visual; y se transforma en un vuelo que trasciende y transfigura a este “luchador” viejo y sordo, y lo aleja del fraude y la derrota para siempre.


Alvaro Inostroza Bidart

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