martes, 6 de marzo de 2012

“NO TEMAS A LA OSCURIDAD”

En el cine, muchas veces el productor busca al director en la etapa final del proyecto; y por lo tanto éste trabaja por encargo, reduciéndose el margen de creación personal para el realizador y quedando restringido a llevar de la mejor manera posible un guión predeterminado, incluso con actores ya definidos.

Esto ocurrió con el remake “No Temas a la Oscuridad” (2010), que fue dirigido por el director canadiense Troy Nixey, en lo que fue su primer largometraje, ya que sólo había dirigido un cortometraje y anteriormente había trabajado como artista de libros de cómic.

El productor que lo reclutó fue el cineasta mexicano Guillermo del Toro, quien además realizó el guión, a partir del teleplay de Nigel McKeand; ya que originalmente “No Temas a la Oscuridad” fue un telefilme de 1973. La cinta cuenta la historia de una antigua casona, que había pertenecido al pintor Blackwood (Garry McDonald), quien desapareció misteriosamente. Sus nuevos habitantes son el matrimonio conformado por Kim (Katy Colmes) y Alex (Guy Pearce), quien se encuentra refaccionándola para venderla a un mucho mejor precio.

En forma inesperada llega a vivir con ellos Sally (Bailee Madison), su hija pequeña de su anterior matrimonio, quien tiene una especial sensibilidad para lo sobrenatural y pronto descubrirá la verdadera razón de la desaparición del anterior habitante de la mansión.

El misterio, como corresponde a una película de terror, se va dosificando lentamente, lo que permite mantener al espectador con los pelos de punta; a la vez que el director maneja los detalles con inteligencia. Ya sobre los tres cuartos de la cinta aparecen los diminutos seres malignos, responsables de las desgracias de la casa, pero a esa altura es casi innecesario, ya que el miedo está instalado en el público, que parece que fuera a gritar y saltar del asiento en cualquier momento.

Esa es la principal virtud de esta cinta que, por las razones que explicamos, carece de un sello personal del director: resulta eficaz en el objetivo de atemorizar al espectador y de que se sienta aliviado sólo cuando pasan las últimas imágenes, aunque el final no sea precisamente tranquilizador.

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